Las ciudades son espacios sociales, centros de la urbanización, de la civilización. De acuerdo al texto de Simon Parker, "Urban Theory: Encountering the city", el concepto de ciudad se define como la integración de la economía, la identidad social y política y el conflicto territorial. Se define como un espacio que requiere de innovación y creatividad para que pueda ser parte de una sociedad globalizada. Al hablar de ciudad, se hace referencia, indistintamente, al espacio geográfico, lo físico, lo inmutable, y a lo que representa, lo simbólico, lo mutable. Y es a este nivel que la Teoría Urbana y toda disciplina citadina pierde la exclusividad sobre el tema “ciudad”. Se habla de una construcción recíproca: De la ciudad construida por sus habitantes, del habitante creado por su ciudad. ¿Acaso existirían ciudades de ladrillo y piedra sin padres de carne y hueso? Quizás. La parte física, cuando más. ¿Qué hay de la constituyente simbólica? Las ciudades son platónicas: de alma inmortal y cuerpos perecederos. Las ciudades necesitan ser pensadas, idealizadas, soñadas; es un juego de deidad.
El habitante, el jugador.
El ciudadano es, ante todo, un jugador. Un jugador que eterniza la ciudad, en el juego de la divergencia ciudadana, de la hegemonía citadina. Pero esta idealización de “La” ciudad no es una identidad en sí misma, porque no es el resultado de un proceso consensual de una ciudad construida por sus habitantes. La realidad está constituida por la heterogeneidad de ideales, sueños, percepciones, expectativas, amores, desamores, esperanza y resignación, que intentan coexistir en el espacio de “La” ciudad. No es un problema de artículos. Es, más bien, un problema de articulación humana, de convergencia ideológica.
Las utopías son proyectos irrealizables, son creaciones del pensamiento. Como el escritor que abre su ventana y logra observar sus propias desgracias y virtudes. El escritor plasma en el papel los diálogos entre sus ángeles y demonios: Es una batalla dialéctica, una resurrección de lo irreal, de la imaginación. El habitante es un escritor, un novelista, inventor de personajes para ciudad. Cada habitante es un pensamiento, una novela distinta. De ahí que existan tantas ciudades como habitantes. Cali es, entonces, una porción de tierra ubicada en el sudoeste de Colombia, pero es el compendio de muchas ciudades inventadas, de muchas ciudades utópicas.
La idea de las llamadas ciudades utópicas no se configura como una novedad más del presente siglo. La concepción de una naturaleza irreal de ciudad se remonta al siglo XVI, cuando Tomás Moro, en 1516, habla por primera vez de ciudades utópicas, al definirlas como “ciudades pensadas desde la perspectiva de sus habitantes, para sus habitantes”. Expresión matizada con sentimientos de colectividad, de inadmisible rompimiento en la conservación de la idea de ciudad utópica. Al respecto, escribe Nayibe Peña¹: “La ciudad progresista es la realización de una sociedad perfecta, habitanto el espacio perfecto […] Los espacios están abstraídos en un contexto geográfico, histórico y cultural.”² Y acota más adelante: "Los utopistas creen que la sociedad será mejor entre menos se diferencien los individuos y menos importancia tenga lo individual respecto definido a lo colectivo. Esa concepción toma forma en espacios urbanos hechos de casas idénticas con una misma dotación y amoblamiento que ocupan un lugar específico de la ciudad con respecto a otros. Imaginan ciudades ordenadas a partir de líneas rectas, ángulos y simetrías; hermosas por su estética depurada de detalles que destaca la forma elemental; atravesada por enormes espacios destinados a hacer una vida en común. En esas ciudades los edificios representativos son los del gobierno y el orden; los que simbolizaban el progreso, la ciencia, la técnica y la razón.”².
En otras palabras, y equiparando al habitante con una de estas casas, ¿Existe en Cali la identidad propuesta por Peña en la formación de una ciudad utópicamente beneficiosa para la sociedad caleña? En la definición de ciudad utópica “positiva” que hace Peña en su texto “La Ciudad En La Ciencia Ficción : La Literatura Como Ilustración Y contraste de la teoría”, se hace especial énfasis en la desaparición del sentido de lo individual como requisito de sociedades progesistas. Esto es, habla de una primacía del bien general sobre el particular, del bienestar colectivo sobre el individual. Pero, ¿Se aplica en Cali este pilar característico de la doctrina Utilitarista? Los reportes estadísticos de Olivier Barbary incluídos en su proyecto de investigación “Segregación Socio-racial y percepción de discriminaciones en Cali: una encuesta sobre la población afrocolombiana” revelan la prelación- casi inexistente- que se da a estas poblaciones del pacífico Colombiano (incluyendo a Cali como centro de concentración de población negra), en temas de inversión a políticas públicas, desarrollo social y económico de estas regiones, revelan lo contrario. Este problema de segregación social en Cali es parte de la historia negra de Cali, de su precaria concepción de equidad social y de increíble omisión ciudadana. En su texto, Barbary menciona el denuncio que hicieron los pioneros en antropología De Friedmann y Arocha, ante un caso de discriminación racial que presenciaron, al notar que estos grupos sociales no son considerados siquiera como objeto de estudio. Aseguraron: “Hay una invisibilidad científica y social de la población negra y de la herencia cultural africana en la ciudad”.
Este problema de la utopía no es, esencialmente, una cuestión de racismo y de exclusión social. Es también una cuestión de padecimiento. De sentir la ciudad, de vivirla: una cuestión de posibilidades y limitaciones. Y esto habita en lo económico. Es el olor del dinero. A la pregunta realizada a un embolador sobre su visión de Cali, este asegura: “es la ciudad en la que nací, la que me da la papita y en la que me voy a morir". Suficiente para entender que la humildad no es un conformismo construido, que es en sí misma una experiencia de vida. El turno ahora era de alguien que planea, lidera y habla de plata como tema de rutina. Habla de la bolsa de valores, de la caída del dólar y de posibilidad de hacer un negocio redondo. A la pregunta, ¿Qué piensa de Cali? él responde como si se tratara de una junta directiva: “En Cali hay una economía que se mueve mucho, yo creo que así como va muchos inversionistas van a querer venir a crear empresa”. Ahora la pregunta malintencionada: ¿Qué piensa de los problemas sociales que hay en Cali?, a la que él responde como si se tratara de un reinado de belleza: “Yo creo que hay que ser más tolerantes y tratar de buscar la paz”.
El embolador maneja su propia economía, su materia prima y su bolsa de valores (sus bolsillos). El empresario, por su parte, lo hace de una manera más sistemática (no por eso más interesante).
¿Qué hay del poder organizador del Estado? ¿Cumple satisfactoriamente su objetivo como autoridad reguladora de recursos en la construcción de sociedades más equitativas? En Cali se invierte ente 2 y 6 millones de dólares por cada 100 millones transferidos desde la nación. Seis millones frente al mínimo de 40 millones de dólares en Medellín y 38 millones en Bogotá. Una cifra que expone, una vez más, la desidia de un Estado que no coadyuva en la formación de un Centro de Ortodoxia con ideales menos individualistas, cada vez más portentosos.
Un visionario de ciudad.
Un habitante es un escritor y Cali es su obra. Una obra que es contada a rasguños, a goteo sanguíneo, al ritmo de un cuerpo que se convierte en ciudad, en violencia, en injusticia, en sexo, en “lo que tiene al mundo al revés”. Ése es Andrés, un performer³ de 22 años, acostumbrado a estar rodeado de “pelados de mente abierta”, mostrándoles lo sensible que es el cuerpo como materia, pero lo fuerte que se convierte cuando es el orador de Cali, de la Cali asesinada.
¿Utopías positivas? ¿Utopías negativas? Cali es una ciudad y punto. Una ciudad en la que se vive, en la que se habla, en la que se ríe, en la que se llora. Es cuestión de praxis. Pero la utopía ya es parte de ella, es un cáncer con el que se ha aprendido a vivir. Seguirá siendo utópica hasta que deje de estar condenada a la maldición de la inercia histórica.
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1: Socióloga, magíster Urbanismo, Universidad de los Andes..
2: Nayibe Peña, La Ciudad En La Ciencia Ficción: La Literatura Como Ilustración Y contraste de la teoría, 2000
El habitante, el jugador.
El ciudadano es, ante todo, un jugador. Un jugador que eterniza la ciudad, en el juego de la divergencia ciudadana, de la hegemonía citadina. Pero esta idealización de “La” ciudad no es una identidad en sí misma, porque no es el resultado de un proceso consensual de una ciudad construida por sus habitantes. La realidad está constituida por la heterogeneidad de ideales, sueños, percepciones, expectativas, amores, desamores, esperanza y resignación, que intentan coexistir en el espacio de “La” ciudad. No es un problema de artículos. Es, más bien, un problema de articulación humana, de convergencia ideológica.
Las utopías son proyectos irrealizables, son creaciones del pensamiento. Como el escritor que abre su ventana y logra observar sus propias desgracias y virtudes. El escritor plasma en el papel los diálogos entre sus ángeles y demonios: Es una batalla dialéctica, una resurrección de lo irreal, de la imaginación. El habitante es un escritor, un novelista, inventor de personajes para ciudad. Cada habitante es un pensamiento, una novela distinta. De ahí que existan tantas ciudades como habitantes. Cali es, entonces, una porción de tierra ubicada en el sudoeste de Colombia, pero es el compendio de muchas ciudades inventadas, de muchas ciudades utópicas.
La idea de las llamadas ciudades utópicas no se configura como una novedad más del presente siglo. La concepción de una naturaleza irreal de ciudad se remonta al siglo XVI, cuando Tomás Moro, en 1516, habla por primera vez de ciudades utópicas, al definirlas como “ciudades pensadas desde la perspectiva de sus habitantes, para sus habitantes”. Expresión matizada con sentimientos de colectividad, de inadmisible rompimiento en la conservación de la idea de ciudad utópica. Al respecto, escribe Nayibe Peña¹: “La ciudad progresista es la realización de una sociedad perfecta, habitanto el espacio perfecto […] Los espacios están abstraídos en un contexto geográfico, histórico y cultural.”² Y acota más adelante: "Los utopistas creen que la sociedad será mejor entre menos se diferencien los individuos y menos importancia tenga lo individual respecto definido a lo colectivo. Esa concepción toma forma en espacios urbanos hechos de casas idénticas con una misma dotación y amoblamiento que ocupan un lugar específico de la ciudad con respecto a otros. Imaginan ciudades ordenadas a partir de líneas rectas, ángulos y simetrías; hermosas por su estética depurada de detalles que destaca la forma elemental; atravesada por enormes espacios destinados a hacer una vida en común. En esas ciudades los edificios representativos son los del gobierno y el orden; los que simbolizaban el progreso, la ciencia, la técnica y la razón.”².
En otras palabras, y equiparando al habitante con una de estas casas, ¿Existe en Cali la identidad propuesta por Peña en la formación de una ciudad utópicamente beneficiosa para la sociedad caleña? En la definición de ciudad utópica “positiva” que hace Peña en su texto “La Ciudad En La Ciencia Ficción : La Literatura Como Ilustración Y contraste de la teoría”, se hace especial énfasis en la desaparición del sentido de lo individual como requisito de sociedades progesistas. Esto es, habla de una primacía del bien general sobre el particular, del bienestar colectivo sobre el individual. Pero, ¿Se aplica en Cali este pilar característico de la doctrina Utilitarista? Los reportes estadísticos de Olivier Barbary incluídos en su proyecto de investigación “Segregación Socio-racial y percepción de discriminaciones en Cali: una encuesta sobre la población afrocolombiana” revelan la prelación- casi inexistente- que se da a estas poblaciones del pacífico Colombiano (incluyendo a Cali como centro de concentración de población negra), en temas de inversión a políticas públicas, desarrollo social y económico de estas regiones, revelan lo contrario. Este problema de segregación social en Cali es parte de la historia negra de Cali, de su precaria concepción de equidad social y de increíble omisión ciudadana. En su texto, Barbary menciona el denuncio que hicieron los pioneros en antropología De Friedmann y Arocha, ante un caso de discriminación racial que presenciaron, al notar que estos grupos sociales no son considerados siquiera como objeto de estudio. Aseguraron: “Hay una invisibilidad científica y social de la población negra y de la herencia cultural africana en la ciudad”.
Este problema de la utopía no es, esencialmente, una cuestión de racismo y de exclusión social. Es también una cuestión de padecimiento. De sentir la ciudad, de vivirla: una cuestión de posibilidades y limitaciones. Y esto habita en lo económico. Es el olor del dinero. A la pregunta realizada a un embolador sobre su visión de Cali, este asegura: “es la ciudad en la que nací, la que me da la papita y en la que me voy a morir". Suficiente para entender que la humildad no es un conformismo construido, que es en sí misma una experiencia de vida. El turno ahora era de alguien que planea, lidera y habla de plata como tema de rutina. Habla de la bolsa de valores, de la caída del dólar y de posibilidad de hacer un negocio redondo. A la pregunta, ¿Qué piensa de Cali? él responde como si se tratara de una junta directiva: “En Cali hay una economía que se mueve mucho, yo creo que así como va muchos inversionistas van a querer venir a crear empresa”. Ahora la pregunta malintencionada: ¿Qué piensa de los problemas sociales que hay en Cali?, a la que él responde como si se tratara de un reinado de belleza: “Yo creo que hay que ser más tolerantes y tratar de buscar la paz”.
El embolador maneja su propia economía, su materia prima y su bolsa de valores (sus bolsillos). El empresario, por su parte, lo hace de una manera más sistemática (no por eso más interesante).
¿Qué hay del poder organizador del Estado? ¿Cumple satisfactoriamente su objetivo como autoridad reguladora de recursos en la construcción de sociedades más equitativas? En Cali se invierte ente 2 y 6 millones de dólares por cada 100 millones transferidos desde la nación. Seis millones frente al mínimo de 40 millones de dólares en Medellín y 38 millones en Bogotá. Una cifra que expone, una vez más, la desidia de un Estado que no coadyuva en la formación de un Centro de Ortodoxia con ideales menos individualistas, cada vez más portentosos.
Un visionario de ciudad.
Un habitante es un escritor y Cali es su obra. Una obra que es contada a rasguños, a goteo sanguíneo, al ritmo de un cuerpo que se convierte en ciudad, en violencia, en injusticia, en sexo, en “lo que tiene al mundo al revés”. Ése es Andrés, un performer³ de 22 años, acostumbrado a estar rodeado de “pelados de mente abierta”, mostrándoles lo sensible que es el cuerpo como materia, pero lo fuerte que se convierte cuando es el orador de Cali, de la Cali asesinada.
¿Utopías positivas? ¿Utopías negativas? Cali es una ciudad y punto. Una ciudad en la que se vive, en la que se habla, en la que se ríe, en la que se llora. Es cuestión de praxis. Pero la utopía ya es parte de ella, es un cáncer con el que se ha aprendido a vivir. Seguirá siendo utópica hasta que deje de estar condenada a la maldición de la inercia histórica.
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1: Socióloga, magíster Urbanismo, Universidad de los Andes..
2: Nayibe Peña, La Ciudad En La Ciencia Ficción: La Literatura Como Ilustración Y contraste de la teoría, 2000
3: Practicante del arte Performance.